Si has llegado hasta aquí, seguro que ya conoces el problema: cada vez que sube un proveedor, o se acaba un plato, tienes que decidir entre subir el precio a mano en cada carta de papel o aguantar con el precio antiguo hasta que te compense reimprimir. Ninguna de las dos opciones es buena.
Una carta digital es, en esencia, una página web con tus platos y precios, a la que tus clientes acceden escaneando un código QR desde la mesa. No hace falta que se descarguen ninguna aplicación: apuntan la cámara del móvil, y en dos segundos ven la carta actualizada.
La parte importante, la que de verdad cambia las cosas, es que el código QR no cambia nunca aunque tú cambies los precios cien veces. Imprimes el QR una sola vez, lo pegas en la mesa, y a partir de ahí editas la carta desde tu móvil o tu ordenador cuando quieras.
Poca cosa, la verdad:
No necesitas saber nada de tecnología, ni pagar a nadie para que te lo programe, ni esperar días. Se crea al momento.
Entras a tu panel, cambias el precio o el plato que quieras, guardas. Ese mismo segundo, cualquiera que escanee el QR de la mesa ve la versión nueva. No hay que reimprimir nada, no hay que avisar a nadie, no hay coste extra.
Perfecto, muchos negocios usan las dos cosas a la vez: la carta de papel para el día a día, y el QR como refuerzo o como plan B cuando algo cambia entre una impresión y la siguiente. No es una cosa o la otra.
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